martes, 1 de junio de 2021

El Jardín de Dorothea Puente. "La abuela asesina".


El olor que provenía de aquella hermosa casa victoriana era insoportable. Los vecinos llevaban tiempo quejándose del olor a podredumbre que emanaba de la propiedad de esta abuela de apariencia amable. “Problemas del alcantarillado”, se justificaba ella. Pero ni el cloro ni la cal que esparció la anciana pudieron contenerlo. Dorothea tenía un pequeño y hermoso bien cuidado jardín trasero, en el jardín delantero era aún más lindo, estaba custodiado por una estatua religiosa, su acogedora casa servía como pensión para enfermos y ancianos, Dorothea según se decía era buena y dulce con ellos, pero esta morada escondía un tétrico secreto: el asesinato de sus huéspedes.

La sospecha de una trabajadora social ante la extraña desaparición de uno de sus protegidos llevó a la Policía a registrar el inmueble y a descubrir varios cadáveres enterrados en su jardín trasero. Acababan de atrapar a una asesina en serie que estafaba a sus víctimas antes de matarlas.

Pasaron 33 años de que este caso saliera a la luz en los medios, pero esta señora hacía mucho tiempo que venía asesinando. Dorothea Puente tenía el aspecto de una dulce y amable abuelita con la misión de dirigir una pensión. Pero, las primeras impresiones pueden ser engañosas y nunca se sabe lo que acecha detrás de las puertas cerradas.

 La historia de Dorothea Puente es una de las más escabrosas que podemos encontrar de entre todos los asesinos en serie en Estados Unidos. Y no solo por el hecho de que no haya muchas mujeres que hayan cometido este tipo de atrocidades, sino por la manera en la que Dorothea lo hizo, ya a una avanzada edad, y tratando de aparentar ser una ancianita adorable de la que todo el mundo se fiaría. la mujer guardaba un oscuro secreto, una serie de crímenes que la llevaron a ser condenada a cadena perpetua, por numerosos asesinatos. Esta asesina serial tiene 9 asesinatos confirmados y sin lugar a dudas según la investigación policial, al menos otros seis en su haber que jamás le pudieron probar.

sus víctimas fueron, en su mayoría, adultos mayores y personas con enfermedades mentales, o con problemas con la Justicia, a quienes les alquilaba habitaciones (a veces compartidas) y administraba sus cheques de seguridad social, dado que eran desempleados o jubilados. La vida de Dorothea Puente, turbulenta y peligrosa, siempre al otro lado de la ley y buscando la forma perfecta de ganar dinero aprovechándose de los demás. como la mayoría de los asesinos en serie: tuvo una infancia traumática y plagada de conflictos. 

Dorothea Helen Gray, más conocida como Dorothea Puente, nació el 9 de enero de 1929 en Redlands (California, Estados Unidos), en el seno de una familia trabajadora. Sus padres, Trudy Mae Yates y Jesse James Gray, eran recolectores de algodón, pero murieron cuando ella era tan solo una niña. El padre de tuberculosis en 1937 y su madre en un accidente de moto en 1938.

Con nueve años, Dorothea fue enviada a un orfanato donde sufrió toda clase de abusos sexuales, después la fueron a buscar unos familiares en Fresno. Su infancia estuvo marcada por la tragedia y también por la mentira. De hecho, con los años se convirtió en una mentirosa empedernida que utilizaba sus invenciones para conseguir sus propósitos, especialmente los económicos.

Dorothea se casó cuatro veces. La primera a los dieciséis años con el soldado Fred McFaul, a quien contó numerosas mentiras sobre su pasado, por ejemplo, que era hermana del embajador de Suecia. El matrimonio tuvo dos hijas, pero Dorothea jamás quiso hacerse cargo de ellas. A una la entregó en adopción y, a la otra, la envió con unos parientes a Sacramento. A finales de 1948, sufrió un aborto espontáneo, y su esposo la abandonó y, ante tal humillación, la mujer hizo creer a sus allegados que el hombre había muerto de un paro cardíaco.

Dorothea comenzó a involucrarse en actividades criminales. En la década de 1950, fue condenada a un año de cárcel por adulterar cheques, pero fue puesta en libertad condicional después de seis meses.

En 1960 Dorothea, la arrestaron por dirigir un prostíbulo. Pasó noventa días en la cárcel del condado de Sacramento. Una vez puesta en libertad volvió a prisión noventa días más por vagabundear. A su salida, comenzó a trabajar como auxiliar de enfermería y cuidadora de personas discapacitadas y ancianos. Fue aquí cuando inició su etapa criminal administrando de forma fraudulenta las pensiones de sus víctimas.

En este tiempo, contrajo segundas nupcias con el sueco Axel Johansen del que se divorció por malos tratos en 1966. Poco después, se casó con Roberto Puente, diecinueve años más joven que ella, y del que tomó su apellido en Ciudad de México. Tras dos años desposados, Dorothea se separó y puso en marcha la denominada ‘casa de la muerte’, una especie de pensión de tres plantas y dieciséis habitaciones ubicada en el 2100 F Street de Sacramento.

En 1968, Dorothea Puente se había divorciado de su cuarto y último marido y se había hecho cargo de una pensión victoriana de dos pisos y 16 dormitorios en California, a solo cuatro cuadras del Capitolio estatal. 

Puente era popular entre los trabajadores sociales locales porque acogía a personas que eran consideradas “casos difíciles”. Muchos estaban recuperando alcohólicos o drogadictos o enfermos mentales. La mayoría, con edades de 52 a 80 años, por lo que Puente estaba a cargo de cobrar sus cheques de seguridad social.

En realidad, Puente estaba haciendo que su psicoterapeuta le recetara tranquilizantes para que pudiera “dejarlos morir” antes de cobrar sus cheques. Mientras estaba a cargo de la pensión, Puente recogió al menos 60 cheques de seguridad social de al menos una docena de fallecidos.



En la época que estuvo soltera y hasta su última boda con Pedro Montalvo en 1976, Dorothea se pasó los días regentando distintos bares en busca de hombres mayores a los que estafar. Primero los conquistaba para, posteriormente, falsificar sus firmas y robarles la mayor cantidad de dinero posible. Después de varias denuncias, Dorothea fue acusada de 34 delitos de fraude y puesta en libertad condicional tras dos años y medio de condena.

En su vuelta a la pensión, la mujer comenzó a recibir a huéspedes de edad avanzada o con problemas psicológicos. Se mostraba amable y generosa, pero, a veces, sacaba su lado más tacaño y posesivo. Quienes osaban enfrentarse a Dorothea por su artimañas financieras terminaban enterrados en el jardín.

De hecho, los vecinos recordaban cómo Puente era de lo más “protectora con su césped” hasta el punto de que si alguien se atrevía a caminar sobre él acababa maldiciéndolo con un “lenguaje que haría sonrojar hasta a un marinero”. Había un buen motivo: bajo la tierra ocultaba los cuerpos de sus inquilinos.

Una de las primeras víctimas fue Ruth Monroe, amiga de Dorothea, que en abril de 1982 falleció por sobredosis de codeína y paracetamol. La Policía creyó a Puente cuando alegó que la mujer padecía de depresión por la enfermedad terminal de su marido. Nadie puso en duda su versión y lo trataron como un suicidio.

Un pensionista, Malcolm McKenzie, a quien Dorothea conquistó en una de sus salidas, la acusó de drogarlo y robarlo y fue sentenciada a cinco años de prisión. Pero ni la cárcel impidió que la criminal parase de delinquir. Durante su encierro, hizo amistad con un septuagenario, Everson Gillmouth, con quien emprendió una relación sentimental que continuó una vez que ella fue libre.

Entretanto, los huéspedes se iban registrando en la pensión y algunos de ellos desapareciendo misteriosamente. Dorothy Miller, de 64 años, tenía problemas con el alcohol y fue encontrada con los brazos pegados al pecho con cinta adhesiva. Benjamin Fink, un alcohólico de 55 años, tan solo portaba un calzoncillo a rayas. Betty Palmer, de 78 años, fue enterrada en camisón, sin cabeza ni manos. Leona Carpenter, también de 78, fue vista por última vez agonizando en el sofá del inmueble y la Policía encontró el hueso de su pierna sepultado en el jardín. La denominada ‘abuela asesina’ también mató a James Gallop, de 62 años, y a Vera Faye Martin, de 64 años. El reloj de esta última seguía funcionando tras exhumarla.

No fueron las únicas víctimas de las que se deshizo Dorothea Puente. Gracias a Ismael Florez, al que contrató como personal de mantenimiento, pudo librarse de Everson Gillmouth en noviembre de 1985. Le mandó construir una caja de madera de 1.80x90x60cm con la excusa de guardar “libros y otros artículos”. Después, le pidió que la acompañase hasta un almacén para depositarla pero, durante el camino, le ordenó que tirase el arcón en el río, al lado de un vertedero. Florez obedeció sin rechistar.



El 1 de enero de 1986, un pescador encontró la caja con un cadáver dentro. Era la última pareja sentimental de Dorothea Puente, pero, debido al estado de descomposición, los forenses no lograron identificarlo hasta pasados tres años, tiempo que la mujer aprovechó para hacer creer a la familia de Gillmouth que seguía vivo, aunque enfermo.

Hasta 1988, los servicios sociales de Sacramento confiaron absolutamente en la labor desempeñada por Dorothea Puente con algunos de los casos más difíciles. La asistente social Peggy Nickerson fue una de las que más huéspedes le proporcionó en estos años. Un total de 19 personas pasaron por la pensión del horror sin conocer las verdaderas intenciones de su dueña: apropiarse de sus pensiones.

En cuanto llegaba el correo, Dorothea lo incautaba evitando que sus receptores dispusieran de dicha documentación. A partir de ahí, falsificaba sus firmas, sacaba dinero de los bancos, cobraba cheques y, si alguien la descubría y osaba enfrentarse, lo asesinaba. Siempre utilizaba el mismo modus operandi: un buen cóctel de drogas antes de asfixiarlos. Una vez muertos, los enterraba en la parte trasera del inmueble.

Fue en mayo de 1988 cuando los vecinos comenzaron a quejarse más insistentemente del olor que emanaba de la pensión de Puente. “No podíamos soportarlo”, recordó uno de los residentes. “Había un olor desagradable en el aire y muchas moscas por la zona”, aseguraba. La anciana siempre justificaba el hedor atribuyéndolo a “restos de pescado” o a un problema con las cañerías.

A esto se sumó que Álvaro, al que todos conocían como ‘Jefe’, desapareció de un día para otro. Puente explicó que decidió regresar a México. Pero nada más lejos de la realidad. En cuanto el hombre hizo arreglos en el jardín cubriéndolo con una losa de cemento, nadie lo volvió a ver. Era el mes de agosto.

El 7 de noviembre, después de la denuncia de la asistente social de Álvaro, la Policía se personó en la casa de huéspedes de Puente para hablar con Montoya. Tras las elocuentes explicaciones de la dueña sobre su paradero, los agentes se marcharon. Pero cinco días después, regresaron para registrar la casa. Un residente confesó haber mentido por orden de Dorothea. Estaba ocultando algo.

La mañana del 11 de noviembre, el detective John Cabrera junto con varios policías inspeccionaron la pensión. Mientras que en el interior no encontraron nada, en el exterior se percataron de que la tierra estaba removida. Cabrera cavó el terreno, tiró de algo que creyó una raíz de árbol, pero se trataba de un hueso humano. Era la pierna de Leona Carpenter. Durante las siguientes horas, hallaron carne seca, pedazos de tela y un total de siete cadáveres.

Puente dijo a los investigadores que el inquilino desaparecido estaba de vacaciones, pero las autoridades notaron tierra removida en la propiedad y recibieron permiso para cavar. Sin embargo, Puente aún no era considerada sospechosa y cuando pidió ir a comprar una taza de café, le permitieron hacerlo.

Esta estrategia le permitió huir inmediatamente a Los Angeles. Mientras tanto, al mismo tiempo que escapaba, los investigadores cavaron todo el patio 

 Tanto es así que con la excusa de salir a comprar café, Dorothea emprendió una rápida huida. Lo hizo a Los Ángeles donde trató de captar a una nueva víctima, Charles Willgues. El hombre, un jubilado al que conoció en un bar, entabló conversación con una tal Donna Johanson. Dorothea Puente cambió su identidad para pasar desapercibida.

Después de dos horas de charla, la pareja quedó en verse al día siguiente. Pero cuando Willgues regresó a casa y puso la televisión, se dio de bruces con la cara de la supuesta Donna. La mujer era una peligrosa asesina en serie en busca y captura.

Una vez detenida y de regreso a Sacramento, Dorothea hizo sus primeras declaraciones negando su participación en los crímenes. “Cobré cheques, sí, pero nunca maté a nadie. Solía ser una buena persona”, espetó a un periodista que hacía guardia en la calle. Sin embargo, las pruebas indicaban lo contrario. El examen postmortem a los cadáveres reveló que las víctimas tenían gran concentración de flurazepam en sangre, además de las huellas de la asesina.

Por no mencionar el cobro de más de sesenta cheques pertenecientes a los huéspedes una vez fallecidos. Puente tenía un claro móvil económico para perpetrar estos asesinatos seriales.

El 25 de abril de 1990 se inició la instrucción del caso. Con las pruebas sobre la mesa y después de tener en cuenta tanto los argumentos de Fiscalía como de la defensa, el juez Gail H. Ohanesian acusó formalmente a Dorothea Puente de nueva cargos de asesinato. Durante esta vista preliminar, el fiscal retrató a la acusada como una asesina codiciosa, manipuladora y fría como para acabar con la vida de sus clientes con tal de hacerse con sus ingresos.

El juicio comenzó en octubre de 1992 con más de 150 testigos y 3.500 páginas repletas de evidencias y pruebas. El fiscal John O’Mara pidió a los miembros del jurado que no se dejasen engañar por las apariencias porque, en ocasiones, “las cosas no siempre son lo que parecen”. Detrás de aquel aspecto de anciana bondadosa se escondía una mujer que drogó, asfixió y enterró en su jardín a unas víctimas a las que previamente estafó. Inclusive, engañó al personal que tenía contratado para que cavasen zanjas y hoyos con cualquier excusa. Por todo ello, O’Mara pidió la pena de muerte.

En cuanto a la defensa de la procesada llamó a declarar a sendos testigos que hablaron del lado generoso y cariñoso de Dorothea, personas a las que ayudó y guió años atrás y, que sin ella, no estarían ahí. Además, algunos expertos confirmaron que la intención de Puente fue siempre la de amparar a los más desafortunados dadas sus circunstancias personales en la infancia.

Con toda esta información, el 15 de julio de 1993 los miembros del jurado se retiraron a deliberar. La presión de la Fiscalía que buscaba la pena capital pudo con ellos. Tan solo pudieron redactar un veredicto de culpabilidad para tres de los crímenes. Para los otros seis cargos, se declaró el juicio nulo. Un jurado llegó a decir que ejecutar a Puente sería como estar ejecutando "a tu abuelita".

El 11 de diciembre, el magistrado Virga dictó sentencia y condenó a Dorothea Puente a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional. Cuando la acusada escuchó el fallo, dijo sonriendo a sus abogados: “No maté a nadie”.

 En 1993, después de varios días de deliberaciones, Dorothea Puente fue finalmente condenada por tres asesinatos y recibió cadena perpetua.

Si bien surgieron preguntas sobre las regulaciones sobre cómo se cuidaba a los ancianos en casas particulares (durante y después del juicio de Puente), no se hicieron muchas reformas legales en ese momento.

Recluida en la Penitenciaría Central de Mujeres de California en Chowchilla, la ‘anciana asesina’ mantuvo su inocencia hasta el fin de sus días. Murió el 27 de marzo de 2011 a los 82 años y por causas naturales. Durante esos casi veinte años de reclusión, Puente hizo un libro de recetas titulado ‘Cooking with a Serial Killer’ y apareció en documentales sobre crímenes para cadenas de televisión como Discovery Channel, Biography Channel y History Television.



Su caso es uno de los más famosos de los últimos años, por todas las curiosidades que lo han envuelto y por las pocas sospechas que la mujer levantó al principio, lo que le permitió seguir cometiendo esos asesinatos de forma impune.

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