viernes, 11 de octubre de 2019

Cuentos de terror de Halloween. "Tres campanadas y tres veces su nombre" L.C.D




Historias de Halloween. Lucila Castro. 
L.C.D

Sinopsis: Una antología de 13 cuentos y relatos de terror, que conmemora las clásicas historias de horror, basados en la noche de Halloween de 1994, situados en el extraño pueblo de Albees.
Brujas, hombres lobos, zombies, asesinos dementes, fantasmas y demonios, forman este compilado de historias de terror..
"Historias de Halloween" No se trata de cuentos para niños, ilumina nuestros miedos primarios y nos lleva a los sueños más oscuros, con personajes con un dejo de melancolía y demencia, en una ficción que rescata el terror de los 80's y 90's.


Tres campanadas y tres veces su nombre



  Caía la noche una vez más, envolviéndola en la melancolía y la soledad, encendió los leños en el hogar, un relámpago iluminó la sombría sala, miró por instinto hacia la ventana, se colocó el cabello detrás de las orejas, se levantó y acomodó con delicadeza su larga falda negra y su camisa, sobre la chimenea tenía cinco portarretratos vacíos, los observó sin prestar atención, no quería fotos, eso la deprimiría todavía más, dio cuerda a una vieja caja de música, la melodía la llenaba de sensaciones, al ritmo de El lago de los cisnes “ de Tchaikovsky, danzó por la sala, sonriendo. Sólo le quedaba sentarse con su recipiente lleno de pollo frito y sus latas de gaseosa fría a mirar un especial de viejas y repetidas películas de horror en la televisión, agarró un lápiz marcó la fecha en su calendario, 31 de octubre de 1994, dejó escapar un largo suspiro entre sus finos y pálidos labios.

 Vivía sola en una casa vieja y húmeda, nada diferente al resto de las del barrio, quizás la suya se distinguía porque estaba algo abandonada y llevaba varios años con el mismo color en la fachada, todavía podía verse los restos de un rosa pálido descascarado que una enredadera intentaba cubrir, tenía tres habitaciones, un baño, una cocina y una pequeña sala con ventanales de hierro que cumplía función de living comedor. El sótano estaba lleno de cajas repletas de cosas inservibles que, sin saber por qué aún las conservaba, había juntado con los años; libros de cocina, revistas, muchos ovillos de lana, muebles rotos, marcos de cuadros, jaulas de todos los tamaños, ropa vieja, demasiada chatarra, el jardín trasero estaba completamente abandonado, la vegetación era abundante. Laura era su nombre, tenía cuarenta y dos, pero por dentro se sentía de más de cien, era solitaria, aunque a veces le gustaba conversar con la gente del pueblo de Albees, una ciudad en constante crecimiento, rodeada de colinas y bosques, todos los que visitaban Albees quedaban impactados por sus hermosas calles empedradas y su estilo victoriano. 

Laura llevaba el cabello largo y lacio, años sin cortarlo, no se preocupaba en cuidarlo, era de color negro azabache, podía verse una mecha blanca canosa a un costado, su cuerpo era delgado pero bien fornido, siempre se vestía de luto, con vestidos algo pasados de moda, su nariz era aguileña, sus ojos eran grandes, de color marrón, y su rostro era pequeño y angulado, su palidez la hacía verse enferma y estaba algo demacrada, sufría acné porque comía demasiadas frituras, no trabajaba, no hacía casi nada, apenas con desgana realizaba alguna que otra tarea doméstica. A Laura le gustaba leer, especialmente gustaba del mundo de la literatura romántica, novelas donde el romance era predecible y cursi, las compraba en el almacén por pocas monedas, se mantenía con una suma de dinero que su madre le había dejado en el banco antes de morir, podría decirse que no era mucho, pero le alcanzaba para conservar una vida normal, humilde y sin lujos. 

No había nada por hacer aquella noche, no tenía planes de realizar ninguna actividad diferente, era un día más que había pasado casi desapercibido, pero sí había algo diferente en el ambiente de su descuidada sala, en su ventana un paisaje distinto que al menos la alegraba un poco en su nostalgia, eran unas velas sobre botellas vacías de vino tinto y en pequeños platos, Halloween despertaba en ella cierta esperanza, creía firmemente en que sus difuntos la visitarían, sería una noche en la que no se sentiría sola, al menos se confortaba ante esta idea de pasar un rato con sus muertos, aunque no pudiera verlos.

 Caminó en silencio hacía el sillón que había junto a la ventana y miró hacía la calle sin prestar demasiada atención, la tormenta comenzaría a caer en cualquier momento, unos niños corrían por la calle, unas seis calabazas iluminaban su descuidada y sucia galería repleta de hojas secas, tenía junto a la puerta un cofre que aparentaba ser de un pirata repleto de dulces, pero los niños pocas veces tocaban a su puerta, terminaba comiendo monedas de chocolate durante toda la semana. Los rumores que se corrían sobre Laura no eran nada fuera de lo común, hacía treinta años que vivía en el pueblo, había estado casada, pero ahora llevaba siete años sola, y las personas seguían viéndola con su estricto luto, su amado David había muerto de un derrame cerebral mientras dormía, desde entonces ella se había ensimismado, casi no salía de la casa, nunca recibía visitas, no tenía amigos ni familiares en aquel pueblo, muchos creían que se había vuelto loca al encontrar a su esposo muerto en su lecho nupcial.
 Laura sufría aún su perdida, extrañaba demasiado a su amado compañero, siete años de encierro era mucho, salía sólo dos veces al mes para hacer las compras en el almacén, se llenaba de suministros, la reserva de latas que guardaba en su cocina era abundante, las piñas enlatadas eran sus favoritas. Laura no dejó que nadie viera a David en su cajón, lo sacó de la casa directo al cementerio, el medico había corroborado que su muerte había sido por causa natural y no había sospechas de que ella cometiera ningún crimen, la policía había estado el día entero en su domicilio, pero no se levantaron cargos, el hondo dolor de la viuda era grande, nunca más pudo reponerse de su muerte.
Sin entender el porqué de sus extremas y repentinas emociones, se sintió ansiosa de repente, subió con sus pies desnudos las escaleras que la llevaban a los dos cuartos y al ático, desde la muerte de David que no usaba la habitación matrimonial, todo lo había dejado intacto, era hora de vencer sus miedos, de enfrentar la realidad, él ya no estaba, abrió la puerta, las bisagras provocaron ruidos, la alcoba estaba oscura, miró hacia el interior.
 – Una mujer solitaria tiene derecho a soñar con el amor… Sueño, anhelo, deseo tu frío aliento acariciando mi espalda, los susurros fantasmagóricos de tu voz desde las sombras... Pero sólo es eso, un sueño, un anhelo. No tengo porque permanecer aquí, aferrada al recuerdo, ahogándome día a día en el deseo de sentirte vivo – Dijo en voz alta a la nada, cruzó el umbral, avanzó tres pasos y se adentró en las penumbras –. Heme aquí muerta en vida, ansiando morir día a día… He murmurado tres veces tu nombre al viento esta noche, pero tú no regresas… He lanzado, al caer el crepúsculo, tres campanadas al viento y tres veces murmuré tu nombre, pero nada… Acostada sobre el helado piso, sigo preguntándome… ¿Dónde estarás? ¿Por qué no funcionan mis canticos y mis plegarias? – Dijo acariciando la alfombra gastada que aun conservaban las huellas de David, giró la cabeza, mirando desde las penumbras la habitación entera, los viejos cuadros, los portarretratos sin fotos, el ropero con las puertas abiertas, los dos floreros con un poco de agua sucia y flores muertas – Y aquí estoy, amor mío, a la espera de la muerte, esperando por algo que jamás vendrá... Y aun sabiendo que no regresas, miro ansiosa cada vez que la puerta cruje, esperando verte debajo del umbral sonriéndome, nunca sucede, sólo es el viento frío, aunque sea plena primavera y nada más… Debería de abandonarte y olvidarte de una buena vez, pero no lo haré, me quedaré en silencio, aunque la agonía oprima mi pecho, ¡Amor mío, mi querido marido, aquí estoy, esperándote! - Dijo con una trémula voz cada vez más alta, se levantó del piso y atravesó el umbral y, de espaldas, giró su cabeza sin volver a mirar hacia la sombría habitación. Los recuerdos la invadían una vez más – Sólo espero ese momento, cuando tus ojos, ¡oh esos ojos negros!, que tan prontamente perdieron su brillo, al mismo tiempo que tu último suspiro se escapaba de tus labios, vuelvan a mirar dentro de los míos. Esta noche te daré lo que pides, ya he lanzado demasiados rezos, porque sé que te alcanzan las palabras, que llegan a ti, donde quieras que te encuentres en esta noche de tormenta, porque sé que mi deseo de tenerte es más grande que mis creencias, sé que ciertos deseos son costosos, y estoy dispuesta a darte lo qué pides - Dijo Laura y salió de la habitación, el viento sacudió la ventana, pero esta vez ella no le dio importancia, sólo sonrió, y entonces escuchó al fin su voz, que musitó - “Mi querida Laura”. Todo se detuvo en ese preciso instante en el que sus ojos regresaron a las penumbras desde el umbral, pero aquel murmullo seguramente se originaba en su cabeza, no había escuchado nada realmente, sólo el deseo de oír su voz una vez más.
 En toda la casa se oyeron tres campanadas, repiquetearon como ecos en el porche, Laura miró el reloj de péndulo, era pasada la medianoche, hacia una hora que la tormenta había comenzado, “¿aún había niños pidiendo dulces a esas horas? Al fin uno de ellos se atreve a llamar a mi puerta”, pensó, dejó la bandeja de pollo frito sobre la mesa y recorrió la sala para abrir su puerta principal, allí se encontró con una muchacha de cabello rojo intenso, ella tenía un aspecto algo funesto, tenía un arete en la nariz y sus pantalones negros eran demasiado ajustados, al igual que su abrigo.
- Disculpe señora, mi automóvil se averió y necesitaría, si es tan amable, utilizar su teléfono – Dijo la chica, al observarla con atención se dio cuenta que era tan sólo una niña.
- Adelante – Dijo Laura. Se notaba que ella no era de la ciudad, nadie hubiera acudido durante una noche de Halloween bajo una tormenta a su casa precisamente si en el pueblo la creían loca. La chica estaba empapada por culpa de la lluvia, ingresó a su casa.
- Quítese ese abrigo mojado y acérquese al hogar, le puedo ofrecer una taza de té caliente, la línea telefónica está muerta debido a la tormenta – Dijo Laura sonriéndole.
- Muchas gracias señora, llevo más de ocho horas en la carretera, me detuve en esta ciudad para buscar un hotel donde pasar la noche y mi auto se descompuso a dos calles de aquí, la única que me abrió la puerta fue usted.
- Mi nombre es Laura, ¿el suyo?
- Soy Inés – Dijo la mujer quitándose el abrigo mojado, había algo en su comportamiento que la inquietaba un poco, Laura la miraba con algo de miedo.
- Eres una niña casi, que haces a esta hora sola y en un pueblo en donde no vives – Preguntó Laura colgando el abrigo de la chica en el perchero junto a la chimenea.
- Viajo a visitar a mi abuela, esta grave, a punto de morir, ni bien me enteré tomé la ruta, está en el hospital del próximo pueblo - Dijo la chica.
- Aquí tenemos sólo el hostal Moore – Dijo Laura.
-No lo encontré – Exclamó ella.
- ¿Qué edad tienes?- Preguntó Laura.
- Veintidós años. La verdad le agradezco mucho su hospitalidad – Exclamó ella sacudiendo su cabello para quitarse el agua.
- No hay por qué, allí en el cofre pirata tienen monedas de chocolate, después de todo hoy es Halloween, agarre las que quiera, mientras serviré su té – Dijo Laura con cortesía.
- ¿Por eso su disfraz? Yo debería estar en una fiesta de noche de brujas, hasta pinté mi cabello de rojo, pero mi abuela es más importante, precisamente me disfrazaría de bruja – Dijo la chica sentándose en el sillón con insolencia mirándola la vestimenta de Laura.
- No querida, no me he disfrazado, ya soy grande para eso, estoy de luto por la muerte de mi querido esposo – Dijo Laura entregándole la taza de té, Inés se sintió un poco avergonzada.
- Disculpe Sra. Laura - Dijo la chica y bebió un sorbo.
- No te hagas problema, quizás yo pensaba lo mismo de ti - Dijo Laura y sonrió.
- ¿Qué pensaba? - Preguntó Inés, se levantó y agarró monedas de chocolate.
- Que eras algo extraña, tus tatuajes son símbolos raros, ¿qué significan? – Preguntó Laura intrigada.
- Son símbolos celtas, símbolos de diferentes culturas y religiones… Me gusta la brujería – Dijo Inés, la miraba con algo de desprecio.
- Y… ¿A qué se dedica? –Preguntó Laura sólo por curiosidad.
- Nada en concreto, vivo la vida, mis padres me consideran una chica mala, estuve un tiempo en la correccional de menores, pero nada grave, robé una chaqueta de cuero en una tienda y la estúpida encargada me delató…¿A usted le gustan las historias de terror?
-¿Por qué la pregunta? – Preguntó con desconfianza, la chica tenía algo muy extraño, comenzó asustarse ante la forma en la que la observaba, la muchacha tenía una mirada penetrante, sus grandes ojos celestes parecían fríos y malvados, quizás por el grueso y exagerado deliñado negro.
 - Porque a mí me gustan mucho, y desde hoy que tengo una leyenda de terror que se cuenta en mi ciudad dando vueltas por mi cabeza pero es poco conocida – Dijo la Inés mientras desenvolvía la moneda de chocolate.
- Cuénteme la leyenda, después de todo es noche de brujas y dice que es de terror – Dijo Laura y echó un leño al crepitante fuego.
- Es típica, una clásica historia de brujas, nada especial… Dice que Carrigan era una bruja oscura, de hermoso cabello rojo como las llamas del infierno, que se había enamorado profundamente de un humano, y que a los tres días de haber contraído matrimonio su esposo murió, pero Carrigan realizó un pacto con satanás, le entregaría una virgen cada siete años, a cambio pidió que su esposo regresara a la vida, Satanás aceptó, pero sólo viviría siete años más, Carrigan asesinó a un niño y entregó en ofrenda su corazón, el diablo cumplió, su esposo regresó a la vida, pero sólo vivía con normalidad dos años, luego comenzaba a morir lentamente, ella lo veía desvanecerse, como paulatinamente se secaba, sólo quedaba piel y hueso al cumplirse los siete años, él ya no despertaba, era como un muerto viviente. Ella, para que no sufriera, lo alimentaba con sangre y le daba pócimas, pero su amado, al cumplirse exactamente los siete años, no volvía a despertar, y Carrigan debía esperar siete años para traerlo de regreso, lo conservaba en su lecho amortajado, al cumplirse los siete años de haber muerto, entonces Carrigan le entregaba al diablo el sacrificio de una virgen, para que así su esposo regresara por siete años más a su lado, debe entregar cada catorce años una virgen a satanás para que su esposo regrese a ella por siete años más, luego debe esperar siete años para que satanás lo vuelva a despertar – Narró Inés.
- Interesante leyenda señorita Inés, yo la había escuchado, pero con una diferencia, decían que Carrigan debía alimentar a su esposo una vez al año con sangre humana, que ella debía buscar a una persona con la que alimentar a su esposo zombie para frenar la putrefacción, y que además Carrigan debió cambiar varias veces de pueblo, porque siempre alguien la delataba. Vea usted que debió ser un fastidio para ella lidiar con tantas muertes, mucho trabajo desmembrar un cuerpo para hacerlo desaparecer por partes en ácido sulfúrico – Dijo Laura y se levantó del sillón dejando la taza.
- Esa parte de la leyenda no la conocía, su té era delicioso, muchas gracias – Exclamó Inés. Laura desconfiaba de ella, debía de asustarla.
- Fíjese este detalle, usted no me preguntó mi apellido y lo ha nombrado ya más de tres veces – Dijo sonriendo macabramente.
- ¿Qué intenta decir?
- Que hay una parte de la leyenda que no sabe, señorita Inés, y es la que dice que Carrigan lanzó un hechizo en una noche de Halloween igual a esta por la cual los espíritus guiarían a  una virgen a su casa sin que se diera cuenta, esta haría repiquetear tres veces su campana en la puerta y conocería su leyenda, de esta forma la nombraría tres veces, así la bruja sabría que sus antepasados le habían enviado a la persona para sacrificar – Dijo Laura.
- Tres campanadas al viento y tres veces su nombre y los espíritus giran a una virgen a la puerta de Carrigan, ¿y usted como sabe eso? Jamás escuché nada sobre ese hechizo – Preguntó Inés. Laura sonrió más aún, en sus ojos se reflejó un extraño destello –. ¿Quiere decirme que la mismísima bruja Carrigan está frente a mí ahora? Me hace reír, de ser verdad que existió dicha bruja, debe tener ahora cien años o más, esa parte de la leyenda de tres veces su campana y tres veces su nombre es un invento suyo para intentar asustarme – Dijo Inés riendo.
- Eso es cierto, tengo ciento siete años en verdad - Dijo Laura.
Los ojos de Inés se llenaron de terror al ver que a la mujer comenzó a cambiarle la forma del rostro, como si se derritiera ante ella, comenzó a arrugarse, su cara se fruncía en arrugas, su piel se manchaba, su espalda se encorvaba, sus uñas crecían como garras a medida que los nudillos de sus manos se torcían, su cabello caía y el que quedaba agarrado de su cuero se tornó blanco, se reía profundamente mientras enseñaba a la muchacha su verdadero aspecto, la maldad y la vejez de su interior la transformaron en una anciana demoníaca y monstruosa de ojos amarillos, Inés comenzó a sentirse mareada.
-En verdad es usted la bruja Carrigan- Exclamó Inés.
- Tranquila niña, pronto pasara, el té tenía tanta belladona que no sentirás dolor alguno – Dijo Laura Carrigan agarrando sus tobillos para arrastrarla, Inés no tenía fuerzas, intentaba aferrarse a los muebles y paredes a medida que avanzaban, la anciana era muy fuerte,  subió las escaleras lentamente mientras se inclinaba y jalaba de la muchacha para subirla – Hay algo que le falta a tu historia, y es que el esposo de Carrigan, abre sus hermosos ojos negros al sentir una gota de sangre caer sobre sus amortajados labios en la séptima noche de Halloween que lleva descansando en el sueño eterno, y una vez que la vida de la virgen es entregada a satanás, ellos pueden amarse durante varios años, el detalle es que Laura Carrigan tiene vida eterna porque entregó su alma al infierno – Dijo Carrigan sentándola en la cama matrimonial, Inés intentaba mantener los ojos abiertos, su terror se acrecentó al ver el cuerpo del hombre en posición de descanso, seco como una momia, Laura tomó una daga que había sobre la mesa de luz y la cortó en la mano, dejando caer su sangre sobre los labios de su difunto y tieso esposo, un relámpago estalló, Laura Carrigan, ahora con un aspecto juvenil y rozagante, con un semblante lozano y un largo y voluminoso cabello tan rojo como las llamas del infierno, exclamó con emoción - Regresa, amado mío, abre tus ojos ahora – Inés se desmayó, los ojos de David se abrieron. Carrigan clavó la daga en el corazón de la muchacha mientras se reía macabramente. 


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