viernes, 14 de septiembre de 2018

"Sala Velatoria" Cuentos Sombríos L.C.D




Sala velatoria
De: Cuentos sombríos "60 Cuentos de Terror" L.C.D


 Siempre mi pasión fue la medicina, quería más que nada en este mundo convertirme en una médica forense, pero no pude terminar mis estudios universitarios, aunque al menos tuve la suerte de conseguir un trabajo relacionado con los muertos. Trabajar con los muertos era mi vocación, no tarde en descubrir que encontraba satisfacción al bañar a los difuntos y dejarlos verdaderamente hermosos y prefectos para que sus familiares se llevaran una buena última imagen de ellos, los bañaba, los vestía y los maquillaba después de que el médico forense trabajara en ellos en la morgue, me parecía fascinante el trabajo de la investigación forense. Recuerdo que la sala velatoria era muy grande, yo me encargaba de casi todo, el lugar debía estar reluciente, me aseguraba que las flores tuvieran agua, que los aromatizantes estuvieran cargados, y mientras esperaba que el médico terminara con su labor, preparaba el café que más tarde serviría a los familiares. Aquella noche diferente desde el comienzo, mi turno comenzó a las 10 de la noche y terminaría a las 6 de la mañana cuando llegara Germán a reemplazarme. Cerca de la una de la madrugada el médico terminó la autopsia realizada sobre el cuerpo de un niño que había sido arrollado por un automóvil en la calle Alvear, a tres cuadras de la sala velatoria. Un golpe fatal en la cabeza acabo con su vida, su cuerpo no estaba destrozado, era extraño, apenas tenía unos raspones en los codos, rodillas y pómulos. Según contaban los testigos del accidente, el conductor del vehículo conducía despacio pero el niño cruzó corriendo, el golpe fatal se lo dio al caer contra el asfalto, el automóvil se había dado a la fuga velozmente, Sergio me dijo que presentaba una contusión en el cerebro por la cual había perdido la vida, su muñeca derecha estaba fracturada al igual que la tibia, el peroné, y dos de sus costillas.
 Para las 6 am debía estar en su ataúd, bañado y vestido con el traje azul que había dejado su madre. Era un niño de 8 años, su nombre era Gastón Oliva, tenía que prepararlo para el velorio, acompañé a Sergio a la puerta y cerré con llave. Eran casi las 3 de la madrugada cuando por fin había terminado con el trabajo pesado,
mi cuerpo y mi mente estaban en completo agotamiento y quería terminar lo antes posible para poder acostarme en la mesa como de costumbre, aunque les parezca extraño, a mi me resultaba cómodo tenderme en esa fría mesa. El cadáver de Gastón ya estaba listo para su velorio, sólo me faltaba colocarlo en posición dentro de su féretro, pero eso podía esperar, me fui a la cocina y me senté a leer un rato el diario y a disfrutar de un café en soledad, el silencio era estremecedor y confortable, aproximadamente a los diez minutos me pareció escuchar un ruido, como el que hace una pelota al picarla contra el piso, fue raro escuchar algo en aquel lugar tan tranquilo, me levanté de la silla y espié por el umbral de la puerta hacia la sala, no había nadie, quizás mi mente cansada me engañaba, no le di mayor importancia, me lancé otra vez sobre la silla para descansar un rato, observé mi reloj, eran las 3:12 el tiempo parecía ir lento. La luz sobre mi parpadeó, me levanté y presioné la llave varias veces, seguía parpadeando, decidí dejarla apagada y caminé por la sala dirigiéndome al pasillo que me llevaba a la morgue. De pronto sentí un frío que me recorrió todo el cuerpo, quizás había dejado alguna ventana abierta por donde se colaba el aire nocturno de invierno, revisé todas las ventanas y estaban cerradas. Escuche otra vez el ruido de alguien jugando con una pelota, haciéndola picar sobre el pulido piso, miré hacia todos lados y sentí algo de inquietud, tenía mucho frío, me tranquilizó un poco que la puerta de la sala estaba de par en par, ahí había dejado la calefacción al máximo,  así que esa sensación de pronto se iría de mi cuerpo, quizás me estaba queriendo dar gripe, así que subí al máximo la mayoría de las estufas, cuando pase por la oficina noté que la puerta estaba abierta todos los cajones estaban abiertos, era extraño eso, Nélida era una prolija secretaria de 60 años, siempre dejaba todo perfecto. Mientras cerraba los cajones, escuché un portazo a lo lejos, como si hubieran cerrado la puerta que daba al jardín, apague la luz y cerré la puerta de la oficina con llave, corrí hasta allí pero nada, la puerta del fondo tenía llave. Nerviosa, regresé a la morgue, el cadáver de Gastón seguía en la misma posición, sabía que los nervios se dispersarían al estar en la morgue, los cadáveres siempre me causaron tranquilidad. Me coloqué el delantal y los guantes, la presión que había sentido fue  abrumadora.
-Bueno querido Gastón Oliva, es hora de ponerte en el cajón, allí descasaras en paz querido niño.- Le dije acariciando sus mejillas. Recordé que debía de llevar el ataúd blanco hasta la morgue, ¿cómo me había olvidado de eso?
Cuando alcancé la puerta un ruido que provenía de mis espaldas hizo que se me helara la sangre. El frio regreso a mí, se escucharon tres golpes de pelota picando en el suelo, yo seguía ahí agarrada del picaporte casi sin respirar, no quería darme vuelta,  el terror que me causó escuchar ese sonido, sentí que el tiempo se detuvo por unos segundos. Escuche unos pies descalzos que caminaban por el piso encerado de la morgue, les juro que los escuché claramente, se escuchaban dirigiéndose hacía mí, mis manos agarradas ambas del picaporte temblaron, a pesar del pánico logré abrir la puerta y salí lentamente, una vez que atravesé el umbral de la puerta de la morgue atiné a correr, el timbre de la puerta casi me causa un infarto, abrí aturdida y confundida, era Germán, su turno empezaba a las 6, miré el reloj, eran las 3:12, ¿acaso el tiempo se había detenido? Le dije a Germán que fuera a la cocina, al verme tan asustada preparó café, mire otra vez el reloj, eran 3:30, el tiempo había vuelto a la normalidad, no le quise decir lo que había pasado, seguramente se burlaría de mi.
- Claudia, ¿estás bien? Te ves algo pálida.
- Sí… Estoy bien.- Le respondí dando sorbos largos al café.
- ¿Qué tenemos hoy?- Preguntó Germán.
- Hay solamente un niño de 8 años que fue atropellado.
- Que corta es la vida y que pena para sus padres.
- ¿Por qué llegaste tres horas antes? Le pregunté.
- Solo quería aligerarte la carga.- Respondió.
- Te enseñaré lo que resta de trabajo, fichá tu hora de entrada, así me voy a casa.- Le dije.
Regresamos a la  morgue. Al abrir la puerta se detuvo, yo me quedé asombrada esperando que dijera algo que me causaría temor
– ¿Por qué dejaste así el cuerpo? – Exclamó extrañado Germán.

El cadáver del niño, estaba  tendido en el suelo, era imposible que se hubiese caído de la mesa.
-Te juro que lo dejé acostado, solo iba  a buscar el cajón, no sé por qué carajo se cayó, es imposible. – Respondí nerviosa.
- Al parecer quería jugar contigo.- Me dijo en broma. Germán no dejaba de mirarlo.
Por primera vez el olor a formol me causo nauseas, me senté, observé a Germán trabajar, cerró el féretro, fue en ese momento que en mi cabeza escuché el susurro de una voz  que provenía del interior del cajón,  
- Aquí está muy oscuro, Claudia. Abre el cajón… Tengo frio… Fue él, fue él… Claudia sé que me escuchas.
No podía creer lo que escuchaba, mi mente no podía relacionar lo que intentaba decirme, por esa noche ya había sido suficiente.
- Podes irte a tu casa, Claudia, yo me encargo, te ves muy mal.- Dijo Germán.
-¿Qué estuviste haciendo esta tarde cerca de las 3 de la tarde?- Le pregunté.
- Ah, no te dije, fui a vender el viejo falcón a lujan.- Dijo Germán.
- ¿Por qué vendiste tu viejo auto?- Le pregunté.
-  No sé, ya no lo soportaba, ni siquiera estaba a mi nombre, ya es problema de otro.- Respondió él.
 Salí de ahí pensando en que Germán había atropellado a Gastón Oliva y dejó su auto abandonado en algún campo, quizás hasta lo prendió fuego, el siempre se quejaba que no podía ponerlo a nombre suyo, que el dueño anterior era un anciano que murió y que por eso era imposible tramitar los papeles. Según decían, el niño jugaba con la pelota cuando fue arrollado, la respuesta era obvia, el conductor que se dio a la fuga era Germán, a las 3 de la tarde terminaba su turno, me dirigí a mi casa para descansar, por la mañana, cerca de las 8, me llamaron de la sala velatoria, Nélida se escuchaba nerviosa, habían encontrado a Germán muerto sobre la mesa de la morgue, se había cortado las venas, aunque el forense insiste en que sus heridas no parecían provocadas por el mismo, había dejado una nota que decía: “Pido descanso para mi alma y ruego el perdón de la familia de Gastón Oliva.”



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