miércoles, 11 de julio de 2012

"La Casa de los Gatos" Cuentos de terror de Gótica






La Casa de los Gatos




“Cuenta la leyenda que, en el momento de la creación, todos los animales formados en fila, y cada uno con su turno le pedían a Dios el atributo que más deseaban tener. El pavo real anhelaba belleza, la gacela, rapidez, el león coraje, el caballo, gracia, y así cada uno hizo se pedido. El gato, que era el último de la fila, escuchó pacientemente todos los pedidos, y cuando llegó su turno, pidió un poco de cada uno de esos atributos, sin dejar ni desmerecer ninguno, dice la leyenda que es por eso que en muchas culturas el gato es considerado el animal más perfecto e inteligente sobre la tierra…
Los gatos fueron reverenciados en el tiempo de los faraones egipcios y denostados durante la inquisición, se creía que en los gatos había espíritus de brujas, eran asociados con el diablo. Otra leyenda dice que el gato es el único animal con la capacidad de caminar por ambos mundos, por el mundo de los vivos y el de los muertos”



 El señor Leopoldo era un anciano amargo y ermitaño, jamás se había casado, jamás tuvo esposa ni hijos, solo había adoptado una cantidad increíble de gatos, cada vez que salía de la casa se traía algún gato callejero, se ponía muy mal cuando encontraba en la calle, una caja con gatitos pequeños abandonados, en total el señor Leopoldo tenía más de cien gatos de diferentes razas  y colores que circulaban por toda su lujosa mansión antigua, esa cantidad de animales quizás no sea exacta, eso logré contar aquella trágica noche en la que llené todos sus platos con leche para alimentarlos, pero de aquella noche les hablaré más adelante.
 El señor Leopoldo salió con un gato pequeño en cada hombro y otro en sus brazos al que acariciaba y le sonreía, cuando metió su mano en el saco para darme el sueldo del mes, el gato intentó arañarme, tomé sus billetes, dicho sea de paso, yo era la única persona del pueblo que ingresaba a su casa, soy su  mayordomo, una vez  limpiando su casa y ví al señor Leopoldo conversando con los gatos, los cuales parecían responderle con sus extraños y aterradores llantos. Los gatos tenían una de las mejores habitaciones de la casa equipada con grandes almohadones de pluma para dormir, hasta tenían una habitación para hacer sus desechos, los gatos eran insoportables, jamás llegué a quererlos, a veces el señor Leopoldo me llamaba a la madrugada para que fuera a bajar algún gato que había quedado atrapado en la cima de un árbol, o cosas similar, siempre me llamaba cuando se trataba de algo referido a los gatos, pero aquella madrugada fue cuando las cosas comenzaron a cambiar en la vida del señor Leopoldo y en la mía.
Eran las 3 de la madrugada, cuando los gritos del viejo me despertaron, me gritaba
- Traiga el auto de la cochera, se  muere, se  muere.- Yo no comprendía mucho aún me pesaba la cabeza de sueño.
El señor Leopoldo había salido a caminar como de costumbre por recomendación medica por el pueblo, siempre lo hacía de madrugada para no ver a ninguna  persona, ver gente lo fastidiaba, cuando en la plaza encontró un gato siamés herido de gravedad, aparentemente había sido arrollado por algún vehículo, lo llevamos de urgencia a la casa del veterinario quien también fue avisado de madrugada por el señor Leopoldo. Cada vez que creía que alguno de sus gatos estaba enfermo lo llamaba de madrugada, lo íbamos a visitar, esta vez estuvimos varias horas en su casa, el doctor tubo que amputarle la mitad de su pata delantera al gato, como a las seis de la mañana regresamos a la casa, el señor Leopoldo dejó al gato anestesiado sobre los almohadones de plumas de su cama, luego me dijo
- Esta noche me ha quedado bien claro que no puedo estar solo, ya soy muy viejo, en poco días cumpliré noventa y cuatro años, la vida no me ha dado hijos pero me ha dado mucho, lo que más anhele siempre, mis amados gatos, y si yo muero quien los cuidará, mañana por la tarde me traes al abogado, debo hacer unos cambios en el testamento, ahora ve a dormir, tendrás la habitación de servicio, la que esta junto a la cocina, es pequeña pero te quedará bien, ya no vivirás en la casa de huéspedes, no te preocupes por nada te subiré unos pesos el sueldo.- Me dijo.
- Claro señor como usted mande.- Le respondí, no podía dejar pasar esta oportunidad, el viejo moriría y seguramente me iba a heredar todos su bienes para que yo cuide de sus gatos, ahora dormiría dentro de su casa ya que antes lo hacía fuera de la casa.
 A las tres semanas el gato estaba ya en perfectas condiciones, se había convertido en su preferido, quien le mando hacer una especie de garra de platino para colocarle en la pata que le habían amputado, era espantoso ver como le colocaba aquel instrumento en su pata, tenía una especie de agarradera para que le quedará bien sujetado, el gato cuando caminaba producía un escalofriante sonido, tac, tac, tac, se oía en el piso de madera, cada vez que el señor Leopoldo lo llamaba, por cierto hasta el nombre que le puso era aterrador, “Osiris” , a mí me parecía un nombre demasiado importante para un gato, pero él,  le daba esos nombres importantes a sus gatos, “Napoleón”, “Ulises”, “Maximus”, “Marco”, “Cleopatra”, “Isabela” “Cesar” etc. Sus gatos vivían muchos años, el viejo decía que era por la alimentación que les daba, el gato más anciano tenía cincuenta años, era raro que un gato viviera tantos años, el señor Leopoldo no me tenía permitido acercarme mucho a sus mascotas, ni tener mucho acceso a su casa, solo a los lugares que debía limpiar.
Una noche encontré la manera de salir de la cocina, el anciano me cerraba la puerta de la cocina con llave, pero aquella noche logré abrir la puerta después de mucho trabajo forcé la cerradura con un alambre, la casa estaba en penumbras, escuché a los gatos maullando en el sótano, llegué al umbral de la puerta del sótano y cuando estaba por bajar para ver que pasaba allí, sentí aquel escalofriante, tac, tac, tac, Osiris estaba detrás de mí, fue tal el susto que me llevó a patear al animal por instinto hasta darlo contra la pared, el viejo estaba abajo y gritó,
- Osiris ven aquí, te guarde una deliciosa porción para ti.- El gato paso por entre mis piernas y bajo rápidamente las escaleras, yo regresé a la cocina, tenía temor que el me descubriera y echara todo mi esfuerzo a perder, después de haberlo soportado durante tantos años, y ahora que cada vez estaba más cerca de la muerte, no podía dejar que el señor Leopoldo me descubriera y me quitara de heredero, más de una vez soñaba con que le reventaba la cabeza al viejo con una pala, que lo asfixiaba con la almohada, que terminaba con tantos maltratos de su parte, ¡pero no!, jamás podría asesinarlo, sería el primer sospechoso, y no soy capaz de matar, el anciano me había cuidado después de la muerte de mi padre. Mi padre y yo éramos vagabundos, estamos siempre en la plaza, él era alcohólico y había perdido todo cuando murió mi madre, hasta que un día cuando tenía yo doce años mi padre desapareció, y como al señor Leopoldo lo habíamos visto varias veces en la plaza, le dije de la desaparición de mi padre, él me ayudó y desde ese día trabajé para él, me enseñó a leer y a escribir.

 Paso un año desde que me había mudado a su mansión, aquella mañana muy temprano, precisamente a las seis de la mañana, subí las escaleras para llevarle el desayuno, ingresé a su cuarto, corrí las cortinas, abrí las ventanas, cuando giré para despertarlo, estaba con los ojos abiertos, duros como si mirara el techo, Osiris estaba recostado sobre el pecho del señor Leopoldo, me acerqué lentamente el gato me miraba con desconfianza, intenté tocar el rostro del viejo pero el gato me dio un arañazo tal que mi mano comenzó a sangrar, llamé rápidamente a una ambulancia, los paramédicos, intentaron reanimarlo pero ya era demasiado tarde, el anciano murió de un infarto mientras dormía, nada pudo hacerse por él. En cuanto a mí la verdad les digo hasta sentí un poco de añoranza con respecto al viejo, después de todo él me había ayudado a no morir en la calle, pero en fin, era hora de cobrar la herencia, había pasado 30 años de mi vida sirviéndolo, jamás me case ni me di el gusto de tener novia, por estar pendiente de las necesidades del señor Leopoldo, hasta este último año de su vida viví en su cocina para que él no estuviera solo y me dejara toda su fortuna.
Solo había algo que me estorbaba, que debía quitarme de encima para poder lograr la felicidad tan esperada, y esto eran sus gatos, debía deshacerme de todos sus gatos inclusive de Osiris, esos animales jamás me gustaron, es más llegué a odiarlos con todo mi ser. Comencé a envenenarlos aquella noche antes de la visita del abogado que me daría la noticia que yo era su único heredero, el que me leería su testamento, primero envenené la leche de los más pequeños, estos asquerosos gatos se reproducían como ratas, el viejo jamás regalaba las crías, por eso el número de gatos era cada vez más elevado, aquella noche envenené 20 gatos, los metí en bolsas negras y los enterré en el jardín del fondo, no advertí que ya estaba amaneciendo cuando estaba preparando otra tanta de platos de leche con arsénico, para acabar con todos los gatos del cuarto grande, los ojos me ardían de sueño, pero solo deseaba terminar con la vida de esos malditos gatos, para el mediodía ya había enterrado en total 35 gatos, parecía que iba a llevarme más tiempo del que pensaba, entonces para que esperar que el veneno los matara, tomé un hacha del galpón y le corte rápidamente la cabeza a 10 gatos más, eso me daba un total de 45 gatos enterrados en el fondo, después me dirigí a la habitación del viejo donde siempre dormía Osiris el gato preferido del anciano, el gato corría con rapidez a pesar de su pata mala, estaba cansado de escuchar su tac, tac, tac, todas las noches, ese sonido no podía quitarlo de mi mete, quería terminar con el de una vez, el madito se escondió bajo las escaleras, cuando estaba a punto de tomarlo la campana repicó en toda la casa, limpié la sangre que me había salpicado en el rostro, la sangre de los gatos que decapité.
Abrí la puerta, era el abogado del señor Leopoldo, Osiris se subió a las piernas del hombre, quien acarició su cabeza, parecía que el gato más aterrador del viejo quería decirle todo lo que hice durante la noche y parte del día, el abogado leyó el testamento, en el cual el viejo me había heredado todo sus bienes, pero luego dijo algo que me asuntó,
- Hay una clausura que si usted no cumple, deberá dejar la casa y no podrá tener el derecho sobre nada.- Me dijo el abogado mirándome por arriba de sus anteojos.
- Pero… ¿qué puede ser? el señor Leopoldo me nombró único heredero. Le respondí ansioso.
- Que parte usted no entendió de mi lectura, es claro, los  únicos herederos absolutos son sus mascotas, sus gatos, señor Ignacio Fuentes, usted puede utilizar sus bienes, habitar la casa, gastar el dinero para alimentarlos, en veterinarios y en sus cosas personales, siempre y cuando, cuide de sus gatos, sino automáticamente deberé nombrar otra persona, y si usted cumple con su labor, cuando este ya anciano deberá nombrar a otra persona que cuide de ellos, este caso estará en este estudio de abogados para siempre, esta estipulado así, si usted no cuida de sus gatos que son un total de 174 gatos, perderá todo. El martes, vendrá uno de mis asistentes a tomar nota de la cantidad de gatos, si esta todo bien podrá tener acceso a su dinero, buenos días.- Dijo el abogado y se marchó.

Cuando me encontré solo en la casa grité con todas mis fuerzas, ese maldito viejo le dejó toda su fortuna a los gatos, maldije a los gritos, solo se oía mi voz quejándose y el llanto de los gatos en toda la casa, hasta que  la campana de la casa volvió a escucharse, abrí, era un pordiosero que buscaba al señor Leopoldo, le expliqué que había muerto, pero él insistió que el señor le había pedido que fuera a su sótano a llevarse lo que quisiera de valor, lo había visto revolviendo la basura y el señor Leopoldo le prometió cosas de su sótano, lo llevé hasta abajo, me daba igual que se llevara basura, me hacía más bien el favor, cuando encendí la luz, vi más de diez cráneos humanos dentro de una caja de cartón, cuando intenté ayudarlo a correr las cajas, el mendigo no notó esto, cerré la caja y le dije que esa no podía tocarla, que revise el resto y se  marchara, los gatos comenzaron a bajar desesperados, ahí comprendí lo que hacía el viejo una vez al año en el sótano con sus gatos, subí lentamente las escaleras, el mendigo revisaba unas cajas, los gatos se lanzaron todos sobre el pobre hombre, era inexplicable ver como se lo devoraban, entendí entonces que mi padre también había sido devorado por los gatos del viejo, el señor Leopoldo me dio empleo y me educó porque seguramente sintió pena por mí, o para tener a alguien que cuidara de sus asqueroso gatos cuando falleciera, apagué la luz cuando me encontré arriba, antes de cerrar la puerta Osiris estaba junto a la puerta, me miraba, me incliné, acaricié su cabeza, hice las pases con el gato, luego paso por entre mis piernas y bajo al sótano, el hombre ya había dejado de gritar, por eso los gatos eran tan fuertes y vivían tantos años, cerré los ojos, no tenía más remedio que quedarme a cuidar a los gatos, no tenía nada fuera de aquella lúgubre mansión, solo incertidumbre, decidido ya a cuidar de los gatos, salí corriendo a buscar gatos callejeros debía encontrar 45 gatos para poder quedarme en la casa, tenía 3 días para recuperar la suma de gatos que asesiné, entonces fui al viejo cementerio y al viejo hospital, allí siempre el señor Leopoldo recogía  gatos abandonados.







La Casa de los Gatos


Cuentos de Terror de Lucila Castro Díaz












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